Se sienta en su aislamiento y contempla un paisaje gélido e indiferente izándose ante él. Se abandona, humea un cigarrillo, se entristece y se queda inmóvil, como ocultándose de una existencia disparatada, de una nevisca perpetua que imaginaba desvanecida. Consume irritado el cigarrillo, sumergiéndose en la escoria de sueños inmemoriales, en la escoria de comas narcóticos que lo pasmaban en el interior de una obra insensata que lo inmoló. Vacía sus sueños inmemoriales, los destroza. Y sus labios impuros humean y su alma enfermiza grita, implorando el éxtasis desvanecido.